-Así pues, ¿No le importa que le llame señor Kawamura?- Le preguntó Nakata por segunda vez a un gato arayas marrones. Despacio, separando las palabras, con una voz fácil de entender.
El gato le había dicho que creía haber visto por allí cerca a Goma. Sin embargo el gato- o al menos eso parecía- hablaba de manera bastante rara. Por lo visto tampoco él acababa de entender lo que Nakata le estaba diciendo. Así pues su conversación se limitaba a un cruce de palabras incomprensibles.
-No tengo problema. Cabeza alta.
-Lo siento, pero Nakata no entiende a qué se refiere, mil perdones pero Nakata no es muy inteligente.
-Vamos,caballa
-¿Me está usted diciendo que le gustaría comer caballa?
-¡No! Las manos agarran, más adelante.
Nakata no tenía grandes expectativas con respecto a su comunicación con los gatos. En una comunicación hombre gato sería lo más común que no existiera ningún problema. Para empezar la capacidad comunicativa de Nakata no era la gran cosa, ya fuese con un hombre o con un gato. La semana pasada había sido capaz de mantener una conversación fluida con el señor Ôtsuka, pero se trataba más bien de una excepción. Sumaban más veces en las que le costaba sudor y lágrimas intercambiar mensajes sencillos. A veces era como si estuviese platicando con otra persona al extremo contrario de la calle en un día de fuerte viento…como hoy.
Tras haber clasificado a los gatos por tipos, quién sabe por qué, con los que más trabajo le costaba platicar eran los gatos rayados. Con los gatos negros no tenía problemas. Con los que se entendía perfectamente era con los siameses…aunque no había gatos callejeros de ésa especie. Pero por desgracia, los siameses siempre estaban en casa de algún rico siendo mimado por su dueño, y en cambio, abundaban los gatos rayados. Y al señor Kawamura no le entendía en absoluto, su pronunciación era deficiente, sus frases un montón de palabras incongruentes. Más que frases parecían enigmas. Sin embargo para Nakata era algo muy natural, además de ser paciente y tener todo el tiempo del mundo. Así pues se repetían entre sí la misma frase una y otra vez, así llevaban una hora sentados en la misma acera y su conversación seguía en el mismo punto.
-Lo de Kawamura es sólo un nombre, para que Nakata se acuerde de usted más fácil, no tiene ningún sentido en particular. Sólo es para acordarse de usted.
Kawamura refunfuñó, parecía seguir sin entender. La cosa iba para largo, Nakata decidió dar el paso siguiente y sacó la foto de Goma.
-Señor Kawamura, ésta es Goma, una gatita a rayas blancas y marrones, desapareció de su hogar hace días y no se sabe nada de su paradero, lleva un collar antipulgas. Sus dueños eran los señores Koizumi. Se escapó por una ventana que la señora dejó abierta. Así que le preguntaré de nuevo ¿Ha visto a éste gato?
Kawamura mira la fotografía de nuevo y asiente.
-Kwamura, si es caballa agarra, si es caballa. Si agarra, busco.
-Perdone pero como le he dicho antes, Nakata es muy estúpido y no entiende muy bien lo que quiere decirle ¿Podría repetirlo?
-Kwamura, caballa. Si encuentra, ata.
-¿Por caballa, quiere decir usted, el pescado?
-Caballa, caballa, Kwamura si ata. Caballa.
Nakata reflexionó pasándose la palma de la mano por los cortos cabellos negros entrabados de gris. ¿Cómo salir de aquella conversación laberíntica sobre la misma caballa? Pero por más vueltas que le dio no encontró la clave. Por lo general el pensamiento lógico no era su fuerte. Mientras tanto Kawamura se rascaba la barbilla con su pata derecha trasera.
Entonces oyó una risita a sus espaldas. Al volverse Nakata vio una preciosa gata siamesa de cuerpo alargado sentada sobre el muro de la casa vecina, que los estaba mirando con los ojos entornados.
-Perdone ¿Pero usted ha dicho que es el señor Nakata, cierto?-preguntó la gata con voz aterciopelada.
